jueves, 17 de febrero de 2011

Vivir en un infierno


Me llamo Alejandra, tengo 20 años. Además de escribir poemas, me gusta captar el movimientos de los cuerpos desnudos, sus pliegues. Amo la belleza, las proporciones perfectas del canon griego.

Mi cuerpo con los años se ha convertido en una carga.  Odio sus pliegues de grasa, las marcas dejadas por la gordura. En la madrugada me encierro en el baño, tomo una hojilla de afeitar y me corto en la zona de las muñecas, con largos cortes siguiendo la línea de las venas.  Entre el asco y el horror yo he descubierto otro sentimiento: mis amigos me admiran, por mi resistencia al dolor. Ellos no serían capaces de hacerlo, y eso me da cierto poder.

Cuando el dolor o la angustia resultan demasiado intensos, una persona hace cualquier cosa, cualquiera, con tal de que se vayan. Eso incluye matarse de hambre. Eso incluye un comportamiento sexual sin precauciones. Eso incluye vomitar. Eso incluye consumir drogas, o beber. Eso incluye cortarse o quemarse. El problema está en que esas soluciones sólo aportan remedios temporales. Y que resultan adictivas, porque todas ellas proporcionan un alivio rápido y momentáneo. Sí, incluso el cortarse: el cuerpo segrega una serie de opiáceos para compensar el dolor, y esas sustancias funcionan básicamente como una droga, como un calmante intenso.

Soy capaz de mantener una conversación con alguien que me espera fuera mientras vomito al mismo tiempo. Cuando no como, necesito constantemente algo en la boca: al principio era un chicle, luego aprendí a regurgitar la comida. Durante horas, envio de nuevo la comida a la boca y la rumeo, hasta convertirla en una papilla insípida que trago por fin. Aprendí a hacerlo mientras caminaba, mientras estudiaba en clase, incluso mientras charlaba con mis amigas.

Pero de un día para otro han comenzado los problemas. Después de vomitar me siento mareada, y necesito beber agua. Se me hinchan las manos y, a veces, también las piernas. He comenzado a sentir palpitaciones, y el corazón se me acelera no únicamente tras devolver, que es algo a lo que ya me he acostumbrado, sino también durante los atracones, o sin ningún motivo, mientras veo la televisión o estoy esperando el autobus. Siento que no puedo controlar mi cuerpo ni sus reacciones, y que algo que hasta entonces no había dado problemas se añade a la interminable lista.

Noto que los bordes de mis dientes, hasta entonces lisos, se estan mellando en ondas, y a veces me duelen con mucha intensidad. Me sangran las encías con frecuencia. No recuerdo que fuera inmediatamente después de haber vomitado, pero una de las características más frecuentes que permiten identificar a una bulímica es la ruptura de los capilares en los ojos, debido al esfuerzo. Hace una semana se me reventó una venita en mi ojo derecho, y durante estos días, cada vez que me miro en el espejo me pregunto si alguna vez sanará y volverá a su tranquilizador color blanco. 


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